Friday, December 16, 2011

LAS FLORES DE PASCUAS


Las flores de pascua no siempre han sido rojas. La leyenda refiere que en tiempos ya lejanos, las pascuas eran blancas. Una vez terminada la estación de las lluvias, el verano iba transformando la esmeralda de sus hojas en alburas de espuma, de nube, de vellón, de nieve y de inocencia...

Junto a los ranchos florecía la infinita blancura de las pascuas y los indios la ofrendaban a sus dioses como símbolo supremo de paz.
Pero vino la guerra, y con ella el incendio, el pillaje, la matanza, la carnicería. Densas columnas de humo se elevaron sobre las cúspides de nuestras más altas montanas, huyendo de la "fraternidad de los hombres"...

 
Cerca de las viviendas, a lo largo de todos los caminos, todas las veredas zigzagueantes de los cerros, la sangre corrió, a maneras de arroyos y de ríos desbordados.

La tierra absorbió piadosamente aquella sangre generosa y las raíces de las pascuas bebieron aquel torrente de vida sacrificado inútilmente. Y al llegar el primer verano, junto a los últimos restos de los ranchos semidesiertos y a la orilla de todos los senderos, en medio del asombro de los pocos sobrevivientes, las pascuas florecieron rojas, ensangrentadas...

La sangre florecía, las pascuas, más humanas que la humana especie, la ofrecían en cálices de purpura a los dioses tutelares...





Desde entonces, las flores de las pascuas dejaron de ser símbolo supremo de la paz, para convertirse en el símbolo supremo del sacrificio...

Lecturas nacionales de  El Salvador Autor Saul Flores
 

Friday, December 2, 2011

FRANCISCO HERRERA VELADO


Nacio en Izalco el 8 de enero de 1876
 Escribio en verso y prosa, donde reflejó las costumbres, tradiciones y hasta los vicios de los años 20, del siglo pasado. 

Poeta y cuentista, Herrera Velado es una referencia dentro de la corriente modernista en El Salvador. Sus escritos dieron un aporte valioso a la literatura al plasmar, con humor y una fina sátira, los hábitos sociales de su época.

Colaboró con la revista literaria La Quincena, dirigida por el poeta Vicente Acosta. “Escribió versos modernistas que aparecieron en el Repertorio del Diario del Salvador”, señala Luis Gallegos Valdés en su obra “Panorama de la literatura salvadoreña”.

Fue fuertemente influenciado por Rubén Darío y posteriormente por  (los guatemaltecos) José Batres Montúfar y José Milla, “Cien escritores salvadoreños”, de la Editorial Clásicos Roxsil.

Entre los libros publicados por Velado están “Fugitivas” en 1909; “Mentiras y verdades” (1923), “La torre del recuerdo” en 1926, y ese mismo año el libro de cuentos “Agua de coco”.

“Mentiras y verdades” refleja el costumbrismo y las creencias de los salvadoreños. La nota editorial de la edición de la Dirección de Publicaciones de 1977 señala que “la obra comprende quince historias versificadas, que el autor denomina «leyendas», para lograr una fina ridiculización de los afanes aristocráticos tan en boga en el país”. 
El poeta y escritor Francisco Herrera Velado (junto) con Salarrué son los dos grandes cuentistas del primer tercio del siglo XX. Ese mérito se lo da la obra “Agua de coco”, donde se desborda su ingenio, la ironía y el rescate de las tradiciones del occidente del país.

Eugenio Martínez Orantes llegó a considerar que el libro “Agua de coco” era “tal vez el primer libro de cuentos escrito en El Salvador, hablando en el sentido estricto de la palabra. Es decir, desde el punto de vista de la forma”.

Esto lo afirmó Martínez Orantes en su libro “32 escritores salvadoreños, de Francisco Gavidia a David Escobar Galindo”, en donde aclara y analiza que “antes de Herrera Velado ya habían intentado el cuento Francisco Gavidia, Arturo Ambrogi y José María Peralta Lagos. Y en su misma época Salarrué, quien los superó en la belleza expresiva, pero no en el aspecto formal.

Gavidia escribió pocos cuentos. La mayoría son relatos en los que sobresale la narración. Casi no hay diálogos. Los personajes hablan poco y no expresan plenamente sus sentimientos y deseos. Es decir —señaló Orantes— no viven. Quedan como fundidos en la narración. Lo mismo sucede con Ambrogi, quien se solaza en el paisaje.

Salarrué utiliza el diálogo, como pinceladas chispeantes, muy breves, de acuerdo al tamaño del relato. Es quien más se acerca al cuento y, en algunas oportunidades, lo alcanza.

La mayoría de los ‘Cuentos de barro’ no llegan a ser cuentos. Se quedan en estampas, en muestras, en apuntes, en viñetas folclóricas; de singular belleza, desde luego, escribió Orantes.

En ‘Agua de coco’, en cambio, casi todos los trabajos son auténticos cuentos... Y, todos ellos, están engalanados por la prosa chispeante de humorismo, que siempre hace reír, deje una lección o no”.
Herrera Velado murió en Izalco en 1966

Friday, November 4, 2011

Salarrué (1899-1975)



Salvador Efraín Salazar Arrué, conocido como Salarrué, nació en Sonsonate en 1899. Desde muy temprano comenzó a dar muestras de una gran sensibilidad humana y estética, que se volcó en diferentes disciplinas como la literatura, las artes plásticas y la reflexión espiritual. 

Como muchos jóvenes, Salarrué se trasladó a San Salvador con miras a encontrar las posibilidades de subsistencia económica que no tenía en su ciudad natal, dada su complicada situación familiar. En la capital del país, comenzó a publicar en periódicos, a estudiar por su cuenta literatura y artes plásticas, influido en buena parte por su primo, el caricaturista Toño Salazar. En 1916, obtiene una beca gubernamental para estudiar pintura en Corcoran School, una academia de artes situada en la capital de los Estados Unidos. 

Su primer libro fue la novela corta El Cristo negro , publicada en 1926. Al año siguiente, publicó la novela El señor de La Burbuja y en 1929, O' Yarkandal. Pero sus obras más conocidas son Cuentos de cipotes, de 1945, y Cuentos de barro . También publicó volúmenes de cuentos como Eso y más y La espada y otras narraciones; un poemario titulado Mundo nomasito, publicado por única vez hasta la fecha en 1975 y las novelas La sed de Sling Bader y Catleya Luna. Su literatura revela una riqueza de perspectivas humanas, que recupera la visión infantil en Cuentos de cipotes, el campo salvadoreño y su dramática existencia en Cuentos de barro y un acercamiento hacia una visión espiritual influida por las visiones de mundo orientales y la teosofía. 

Su obra pictórica fue expuesta en los Estados Unidos y en el país. Además, se desempeñó en algunos cargos gubernamentales, como la Dirección General de Bellas Artes y la dirección de la Galería Nacional de Arte, convertida hoy en la Sala Nacional de Exposiciones, ubicada en el Parque Cuscatlan de San Salvador. 

Salarrué, el tan querido Salarrué, falleció en 1975. No podemos menos que repetir, con cariño, las palabras que el poeta salvadoreño Roque Dalton escribiera con motivo de su septuagésimo cumpleaños: 

Dios lo bendiga y lo haga un santo don Salarrué 
chas gracias por sus dulces guáshpiras
por los tentuntazos de ternura
con que me ha somatado las arganillas del corazón... 

Saturday, October 29, 2011

LA PAJARA PINTA BY CLAUDIA LARS



Estaba la pájara pinta
sentada en el verde limón;
está la campánula blanca
mirando la cara del sol.

La nube recoge en su juego
soldados, castillo y dragón;
el agua, en su cauce de berros,
tres lirios y un pez de color.

De anís las cabriolas del aire
de plumas su vivo listón;
les digo que el aire del mundo
jamás fue tan buen bailador.

Me da la calandria su pico,
su rama me ofrece el gorrión,
en lunes tan nuevo y tan fino,
¿de qué servirá el reloj?

Abejas con sueños de azúcar
ya buscan un campo de olor;
hormigas de rudas faenas
va salen de cada terrón.

armiña y Carmela en su risa
que es risa de-siempre-las-dos:
Carmela y Carmiña en su canto
alzado de su corazón.
Invierno nos habla, sin lluvias,
por mil semillitas de -amor:
verano se ha puesto en las hojas
a ser más alegre que yo.

La oveja descubre retoños
que casi le piden perdón;
la oveja ha olvidado su casa,
la casa del joven pastor.

Oíd la campana que dice:
¡no habrá, esta mañana lección!
Oíd a la pájara pinta
cantando en el verde limón.


NOTA: puedes leer los datos biograficos en el post : En un lugar del Alma...

Friday, October 28, 2011

EN UN LUGAR DEL ALMA Claudia Lars


En un lugar del alma, entre muros de olvidoy en arenas estériles, se entierran los amoresque nos nacieron muertos; y en tierra bendecida,donde sueño tras sueño la vida siembra flores, los que ya comensaban a fabricar su nido, cuando los alevosos minutos cazadores

les hirieron el alma… y los que sólo han sido
samaritano ungüento para nuestros dolores.

Yo sé que a esos sepulcros se les debe el tributo
que exigen del espíritu sus urnas de misterio…
Pero por esos muertos nunca visto de luto,
y al entrar en mí misma, ese lugar esquivo…
¡que en una de las urnas de ese mi cementerio,
hay un amor que tuve que lo enterraron vivo!






Reseña biográfica




Claudia Lars, seudónimo literario de la poeta salvadoreña Margarita del Carmen Brannon Vega, nació en 1899
en la ciudad de Armenia,  Sonsonate.
Su padre de origen irlandés y su madre salvadoreña,  le confiaron sus primeros estudios a una reconocida educadora.
Posteriormente los continuó en la ciudad de Santa Ana. A la edad de veinte años publicó sus primeros poemas y luego
se radicó en Nueva York donde contrajo matrimonio en 1923. Vivió algunos años en Costa Rica, México y Guatemala,
y sólo hasta 1946 ya separada de su marido, regresó a su país donde vivió hasta su muerte ocurrida en 1974.
Recibió numerosas distinciones y antes de su muerte le fue concedido el  doctorado Honoris Causa por la Universidad
José Simeón Cañas.
Su obra, caracterizada por el dominio de la métrica, la profundidad en la expresión de sus sentimientos y la pureza
del lenguaje, la convierten en una de las grandes exponentes del panorama poético hispanoamericano.
«Estrellas en el Pozo» en 1934, «Romances de Norte y Sur» en 1946, «Donde llegan los pasos» en 1953,
«Sobre el Angel y el Hombre» en 1962, «Del fino Amanecer» en 1964 y «Poesía Última» en 1972, hacen parte
de su excelente producción literaria.
 

Sunday, October 2, 2011

EL SOLDADITO DE PLOMO


 Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, hermanos todos, ya que los habían fundido en la misma vieja cuchara. Fusil al hombro y la mirada al frente, así era como estaban, con sus espléndidas guerreras rojas y sus pantalones azules. Lo primero que oyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían, fue: "¡Soldaditos de plomo!" Había sido un     niño pequeño quien gritó esto, batiendo palmas, pues eran su regalo de cumpleaños. Enseguida los puso en fila sobre la mesa.
Cada soldadito era la viva imagen de los otros, con excepción de uno que mostraba una pequeña diferencia. Tenía una sola pierna, pues al fundirlos, había sido el último y el plomo no alcanzó para terminarlo. Así y todo, allí estaba él, tan firme sobre su única pierna como los otros sobre las dos. Y es de este soldadito de quien vamos a contar la historia.
En la mesa donde el niño los acababa de alinear había otros muchos juguetes, pero el que más interés despertaba era un espléndido castillo de papel. Por sus diminutas ventanas podían verse los salones que tenía en su interior. Al frente había unos arbolitos que rodeaban un pequeño espejo. Este espejo hacía las veces de lago, en el que se reflejaban, nadando, unos blancos cisnes de cera. El conjunto resultaba muy hermoso, pero lo más bonito de todo era una damisela que estaba de pie a la puerta del castillo. Ella también estaba hecha de papel, vestida con un vestido de clara y vaporosa muselina, con una estrecha cinta azul anudada sobre el hombro, a manera de banda, en la que lucía una brillante lentejuela tan grande como su cara. La damisela tenía los dos brazos en alto, pues han de saber ustedes que era bailarina, y había alzado tanto una de sus piernas que el soldadito de plomo no podía ver dónde estaba, y creyó que, como él, sólo tenía una.
“Ésta es la mujer que me conviene para esposa”, se dijo. “¡Pero qué fina es; si hasta vive en un castillo! Yo, en cambio, sólo tengo una caja de cartón en la que ya habitamos veinticinco: no es un lugar propio para ella. De todos modos, pase lo que pase trataré de conocerla.”
Y se acostó cuan largo era detrás de una caja de tabaco que estaba sobre la mesa. Desde allí podía mirar a la elegante damisela, que seguía parada sobre una sola pierna sin perder el equilibrio.
Ya avanzada la noche, a los otros soldaditos de plomo los recogieron en su caja y toda la gente de la casa se fue a dormir. A esa hora, los juguetes comenzaron sus juegos, recibiendo visitas, peleándose y bailando. Los soldaditos de plomo, que también querían participar de aquel alboroto, se esforzaron ruidosamente dentro de su caja, pero no consiguieron levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y la tiza se divertía escribiendo bromas en la pizarra. Tanto ruido hicieron los juguetes, que el canario se despertó y contribuyó al escándalo con unos trinos en verso. Los únicos que ni pestañearon siquiera fueron el soldadito     de plomo y la bailarina. Ella permanecía erguida sobre la punta del pie, con los dos brazos al aire; él no estaba menos firme sobre su única pierna, y sin apartar un solo instante de ella sus ojos.
De pronto el reloj dio las doce campanadas de la medianoche y -¡crac!- se abrió la tapa de la caja de rapé... Mas, ¿creen ustedes que contenía tabaco? No, lo que allí había era un duende negro, algo así como un muñeco de resorte.
-¡Soldadito de plomo! -gritó el duende-. ¿Quieres hacerme el favor de no mirar más a la bailarina?
Pero el soldadito se hizo el sordo.
-Está bien, espera a mañana y verás -dijo el duende negro.
Al otro día, cuando los niños se levantaron, alguien puso al soldadito de plomo en la ventana; y ya fuese obra del duende o de la corriente de aire, la ventana se abrió de repente y el soldadito se precipitó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Quedó con su única pierna en alto, descansando sobre el casco y con la bayoneta clavada entre dos adoquines de la calle.
La sirvienta y el niño bajaron apresuradamente a buscarlo; pero aun cuando faltó poco para que lo aplastasen, no pudieron encontrarlo. Si el soldadito hubiera gritado: "¡Aquí estoy!", lo habrían visto. Pero él creyó que no estaba bien dar gritos, porque vestía uniforme militar.
Luego empezó a llover, cada vez más y más fuerte, hasta que la lluvia se convirtió en un aguacero torrencial. Cuando escampó, pasaron dos muchachos por la calle.
-¡Qué suerte! -exclamó uno-. ¡Aquí hay un soldadito de plomo! Vamos a hacerlo navegar.
Y construyendo un barco con un periódico, colocaron al soldadito en el centro, y allá se fue por el agua de la cuneta abajo, mientras los dos muchachos corrían a su lado dando palmadas. ¡Santo cielo, cómo se arremolinaban las olas en la cuneta y qué corriente tan fuerte     había! Bueno, después de todo ya le había caído un buen remojón. El barquito de papel saltaba arriba y abajo y, a veces, giraba con tanta rapidez que el soldadito sentía vértigos. Pero continuaba firme y sin mover un músculo, mirando hacia adelante, siempre con el fusil al hombro.
De buenas a primeras el barquichuelo se adentró por una ancha alcantarilla, tan oscura como su propia caja de cartón.
"Me gustaría saber adónde iré a parar”, pensó. “Apostaría a que el duende tiene la culpa. Si al menos la pequeña bailarina estuviera aquí en el bote conmigo, no me importaría que esto fuese dos veces más oscuro."
Precisamente en ese momento apareció una enorme rata que vivía en el túnel de la alcantarilla.
-¿Dónde está tu pasaporte? -preguntó la rata-. ¡A ver, enséñame tu pasaporte!
Pero el soldadito de plomo no respondió una palabra, sino que apretó su fusil con más fuerza que nunca. El barco se precipitó adelante, perseguido de cerca por la rata. ¡Ah! Había que ver cómo rechinaba los dientes y cómo les gritaba a las estaquitas y pajas que pasaban por allí.
-¡Deténgalo! ¡Deténgalo! ¡No ha pagado el peaje! ¡No ha enseñado el pasaporte!
La corriente se hacía más fuerte y más fuerte y el soldadito de plomo podía ya percibir la luz del día allá, en el sitio donde acababa el túnel. Pero a la vez escuchó un sonido atronador, capaz de desanimar al más valiente de los hombres. ¡Imagínense ustedes! Justamente donde terminaba la alcantarilla, el agua se precipitaba en un inmenso canal. Aquello era tan peligroso para el soldadito de plomo como para nosotros el arriesgarnos en un bote por una gigantesca catarata.
Por entonces estaba ya tan cerca, que no logró detenerse, y el barco se abalanzó al canal. El pobre soldadito de plomo se mantuvo tan derecho como pudo; nadie diría nunca de él que había pestañeado siquiera. El barco dio dos o tres vueltas y se llenó de agua hasta los bordes; se hallaba a punto de zozobrar. El soldadito tenía ya el agua al cuello; el barquito se hundía más y más; el papel, de tan empapado, comenzaba a deshacerse. El agua se iba cerrando sobre la cabeza del soldadito de plomo… Y éste pensó en la linda bailarina, a la que no vería     más, y una antigua canción resonó en sus oídos:
¡Adelante, guerrero valiente!
¡Adelante, te aguarda la muerte!
En ese momento el papel acabó de deshacerse en pedazos y el soldadito se hundió, sólo para que al instante un gran pez se lo tragara. ¡Oh, y qué oscuridad había allí dentro! Era peor aún que el túnel, y terriblemente incómodo por lo estrecho. Pero el soldadito de plomo se mantuvo firme, siempre con su fusil al hombro, aunque estaba tendido cuan largo era.
Súbitamente el pez se agitó, haciendo las más extrañas contorsiones y dando unas vueltas terribles. Por fin quedó inmóvil. Al poco rato, un haz de luz que parecía un relámpago lo atravesó todo; brilló de nuevo la luz del día y se oyó que alguien gritaba:
-¡Un soldadito de plomo!
El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido, y se encontraba ahora en la cocina, donde la sirvienta lo había abierto con un cuchillo. Cogió con dos dedos al soldadito por la cintura y lo condujo a la sala, donde todo el mundo quería ver a aquel hombre extraordinario que se dedicaba a viajar dentro de un pez. Pero el soldadito no le daba la menor importancia a todo aquello.
Lo colocaron sobre la mesa y allí… en fin, ¡cuántas cosas maravillosas pueden ocurrir en esta vida! El soldadito de plomo se encontró en el mismo salón donde había estado antes. Allí estaban todos: los mismos niños, los mismos juguetes sobre la mesa y el mismo hermoso castillo con la linda y pequeña bailarina, que permanecía aún sobre una sola pierna y mantenía la otra extendida, muy alto, en los aires, pues ella había sido tan firme como él. Esto conmovió tanto al soldadito, que estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo, pero no lo hizo porque no habría estado bien que un soldado llorase. La contempló y ella le devolvió la mirada; pero ninguno dijo una palabra.
De pronto, uno de los niños agarró al soldadito de plomo y lo arrojó de cabeza a la chimenea. No tuvo motivo alguno para hacerlo; era, por supuesto, aquel muñeco de resorte el que lo había movido a ello.
El soldadito se halló en medio de intensos resplandores. Sintió un calor terrible, aunque no supo si era a causa del fuego o del amor. Había perdido todos sus brillantes colores, sin que nadie pudiese afirmar si a consecuencia del viaje o de sus sufrimientos. Miró a la bailarina, lo miró ella, y el soldadito sintió que se derretía, pero continuó impávido con su fusil al hombro. Se abrió una puerta y la corriente de aire se apoderó de la bailarina, que voló como una sílfide     hasta la chimenea y fue a caer junto al soldadito de plomo, donde ardió en una repentina llamarada y desapareció. Poco después el soldadito se acabó de derretir. Cuando a la mañana siguiente la sirvienta removió las cenizas lo encontró en forma de un pequeño corazón de plomo; pero de la bailarina no había quedado sino su lentejuela, y ésta era ahora negra como el carbón.
FIN
Hans Christian Andersen

Friday, September 30, 2011

VERDADES AMARGAS












Yo no quiero mirar lo que he mirado

a través del cristal de la experiencia;
El mundo es un mercado en que se compran
honores, voluntades y conciencia.


¿Amigos? ¡Es mentira, no hay amigos! 
La amistad verdadera es ilusión,

ella cambia, se aleja y desaparece 
con los giros que da la situación.
 

Amigos complacientes sólo tienen

los que disfrutan de venturas y calma, 
pero aquellos que abate el infortunio
 
sólo tienen tristeza en el alma.
 

Si estamos bien, nos tratan con cariño,

nos buscan, nos invitan, nos adulan; 
más si acaso caemos, francamente,

sólo por cumplimiento nos saludan. 

En este laberinto de la vida,
 
donde tanto domina la maldad,
 
todo tiene su precio estipulado:
 
amores, parentescos y amistad.
 

El que nada atesora, nada vale,
 
en toda reunión pasa por necio,

y por más noble que sus hechos sean,
lo que alcanza es la burla y el desprecio. 

Lo que brilla nomás tiene cabida
 
y aunque brille por oro lo que es cobre,
 
lo que no perdonamos en la vida
 
es el atroz delito de ser pobre.
 

La corrupción, el vicio y hasta el crimen

puede tener su puesto señalado; 
las llagas del defecto no se miran
 
si las cubre un diamante bien cortado.


La sociedad que adora su deshonra 
persigue con gran saña al criminal,
 
más si el puñal del asesino es de oro,
 
enmudece el juez y besa el puñal!
 

Nada humano es perfecto y nada afable,
 
todo está con lo impuro entremezclado,

el mismo corazón, con ser tan noble, 
¡cuántas veces se muestra enmascarado!
 

Que existe la virtud, yo no lo niego,
 
pero siempre en conjunto defectuoso:
 
hay rasgos de virtud en el malvado,
 
hay rasgos de maldad en el virtuoso.
 

Cuando veo a mi paso tanta infamia
 
y que mancha a mi planta tanto lodo,
 
ganas me da de maldecir la vida,
 
ganas me da de maldecir de todo.


A nadie habrá de herir lo que aquí digo,
porque ceñido a la verdad estoy: 
me dieron a libar hiel y veneno,

hiel y veneno en recompensa doy. 

Pero si tengo las palabras toscas
 
de estas líneas oscuras y sin nombre,
 
doblando las rodillas en el polvo

pido perdón a Dios, pero no al Hombre!



Biografía Ramón Ortega
(Comayagua, 1885 - Tegucigalpa, 1932) Poeta hondureño, uno de los principales representantes del modernismo en su país. Realizó estudios en Honduras y Guatemala. De regreso a su tierra se desempeñó como funcionario en la Administración del presidente Francisco Bertrand. Para algunos de sus críticos, Ortega como poeta ahogó el tono grandilocuente de sus predecesores e inició en Honduras el "predomino del raso y el marfil"; se le acusa de ser, en ciertos casos, un romántico arcaico, pero otros críticos lo ponen en duda.

Su obra no es muy abundante, pero su exquisita factura suple ventajosamente la cantidad, pues la época de su producción fue realmente muy corta: en una edad muy temprana lo acometió cierto desequilibrio mental, sumiéndolo en una prematura esterilidad creativa.

No obstante, se le valora que haya escrito los versos de más refinada expresión estética en Honduras; toda su poesía exhala una fragancia de romanticismo y aún en la modernidad de sus poemas galantes trata de imprimir el sello de un ancestro lejano. Entre sus obras destacan El amor errante (1930) y Flores de Peregrinación (1940), recopilada póstumamente. 

REÍR LLORANDO







Viendo a Garrik —actor de la Inglaterra—
el pueblo al aplaudirle le decía:
«Eres el mas gracioso de la tierra
y el más feliz...»
                                 Y el cómico reía.
Víctimas del spleen, los altos lores,
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores
y cambiaban su spleen en carcajadas.
Una vez, ante un médico famoso,
llegóse un hombre de mirar sombrío:
«Sufro —le dijo—, un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.
»Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importan mi nombre ni mi suerte
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única ilusión, la de la muerte».
—Viajad y os distraeréis.
                                              — ¡Tanto he viajado!
—Las lecturas buscad.
                                          —¡Tanto he leído!
—Que os ame una mujer.
                                                —¡Si soy amado!
—¡Un título adquirid!
                                      —¡Noble he nacido!
—¿Pobre seréis quizá?
                                          —Tengo riquezas
—¿De lisonjas gustáis?
                                          —¡Tantas escucho!
—¿Que tenéis de familia?
                                              —Mis tristezas
—¿Vais a los cementerios?
                                                —Mucho... mucho...
—¿De vuestra vida actual, tenéis testigos?
—Sí, mas no dejo que me impongan yugos;
yo les llamo a los muertos mis amigos;
y les llamo a los vivos mis verdugos.
—Me deja —agrega el médico— perplejo
vuestro mal y no debo acobardaros;
Tomad hoy por receta este consejo:
sólo viendo a Garrik, podréis curaros.
—¿A Garrik?
                        —Sí, a Garrik... La más remisa
y austera sociedad le busca ansiosa;
todo aquél que lo ve, muere de risa:
tiene una gracia artística asombrosa.
—¿Y a mí, me hará reír?
                                              —¡Ah!, sí, os lo juro,
él sí y nadie más que él; mas... ¿qué os inquieta?
—Así —dijo el enfermo— no me curo;
¡Yo soy Garrik!... Cambiadme la receta.
¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír como el actor suicida,
sin encontrar para su mal remedio!
¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora,
el alma gime cuando el rostro ríe!
Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestra planta pisa,
lanza a la faz la tempestad del alma,
un relámpago triste: la sonrisa.
El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto
y también a llorar con carcajadas.

Juan de Dios Peza


Thursday, September 29, 2011

LOS MOTIVOS DEL LOBO


El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
el lobo de Gubbia, el terrible lobo,
rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertes y daños.
Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.
Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo: —¡Paz, hermano
lobo!
 El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: —¡Está bien, hermano Francisco!
¡Cómo!
 —exclamó el santo—. ¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
Luzbel o Belial?

Y el gran lobo, humilde: —¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer; y busqué el ganado,
y en veces comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
Y no era por hambre, que iban a cazar.

Francisco responde: —En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gente en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!
—Está bien, hermano Francisco de Asís.
—Ante el Señor, que todo ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata.

El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.
Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, baja la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.
Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: —He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriento.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios. —¡Así sea!,

contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asís al convento.
      *
Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.
Sus bastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía,
el lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle,
iba por el monte, descendía al valle,
entraba en las casas y le daban algo
de comer. Mirábanle como a un manso galgo.
Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo
dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
desapareció, tornó a la montaña,
y recomenzaron su aullido y su saña.
Otra vez sintióse el temor, la alarma,
entre los vecinos y entre los pastores;
colmaba el espanto los alrededores,
de nada servían el valor y el arma,
pues la bestia fiera
no dio treguas a su furor jamás,
como si tuviera
fuegos de Moloch y de Satanás.
Cuando volvió al pueblo el divino santo,
todos lo buscaron con quejas y llanto,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.
Francisco de Asís se puso severo.
Se fue a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero.
Y junto a su cueva halló a la alimaña.
En nombre del Padre del sacro universo,
conjúrote
 —dijo—, ¡oh lobo perverso!,
a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
Contesta. Te escucho.

Como en sorda lucha, habló el animal,
la boca espumosa y el ojo fatal:
Hermano Francisco, no te acerques mucho...
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía,
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.
Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
todas las criaturas eran mis hermanos:
los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fue como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera,
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar.
Como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tienen que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad.
El santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y con desconsuelos,
y habló al Dios eterno con su corazón.
El viento del bosque llevó su oración,
que era: Padre nuestro, que estás en los cielos...




Rubén Darío, 1913

A MARGARITA DEBAYLE



Margarita está linda la mar,
y el viento,
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:
Este era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita, como tú.
Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.
La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla
y una pluma y una flor.
Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.
Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.
Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
más lo malo es que ella iba
sin permiso de papá.
Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: —«¿Qué te has hecho?
te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho
que encendido se te ve?».
La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
—«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad».
Y el rey clama: —«¿No te he dicho
que el azul no hay que cortar?.
¡Qué locura!, ¡Qué capricho!...
El Señor se va a enojar».
Y ella dice: —«No hubo intento;
yo me fui no sé por qué.
Por las olas por el viento
fui a la estrella y la corté».
Y el papá dice enojado:
—«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver».
La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.
Y así dice: —«En mis campiñas
esa rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».
Viste el rey pompas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.
La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.
          * * *
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.
Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.
[Bahía de Corinto (Nicaragua)
Isla del Cardón, marzo 20 de 1908]









Sunday, September 25, 2011

El corazón mas hermoso del mundo

 Un día un hombre joven se situó en el centro de un poblado y proclamó que él poseía el corazón más hermoso de toda la comarca.

Una gran multitud se congregó a su alrededor y todos admiraron y confirmaron que su corazón era perfecto, pues no se observaban en él ni máculas ni rasguños. Sí, coincidieron todos que era el corazón más hermoso que hubieran visto.
Al verse admirado el joven se sintió más orgulloso aún, y con mayor fervor aseguró poseer el corazón más hermoso de todo el vasto lugar.
De pronto un anciano se acercó y dijo: ¿Porqué dices eso, si tu corazón no es ni tan, aproximadamente, tan hermoso como el mío?
Sorprendidos la multitud y el joven miraron el corazón del viejo y vieron que, si bien latía vigorosamente, éste estaba cubierto de cicatrices y hasta había zonas donde faltaban trozos y éstos habían sido reemplazados por otros que no encastraban perfectamente en el lugar, pues se veían bordes y aristas irregulares en su derredor.
Es más, había lugares con huecos, donde faltaban trozos profundos.
La mirada de la gente se sobrecogió ¿Cómo puede él decir que su corazón es más hermoso?, pensaron
El joven contempló el corazón del anciano y al ver su estado desgarbado, se echó a reír, Debes estar bromeando, dijo. Compara tu corazón con el mío, el mío es perfecto. En cambio el tuyo es un conjunto de cicatrices y dolor.
Es cierto, dijo el anciano, tu corazón luce perfecto, pero yo jamás me involucraría contigo
Mira, cada cicatriz representa una persona a la cual entregué todo mi amor. Arranqué trozos de mi corazón para entregárselos a cada uno de aquellos que he amado.
Muchos a su vez, me han obsequiado un trozo del suyo, que he colocado en el lugar que quedó abierto. Como las piezas no eran iguales, quedaron los bordes por los cuales me alegro, porque al poseerlos me recuerdan el amor que hemos compartido.
Hubo oportunidades, en las cuales entregué un trozo de mi corazón a alguien, pero esa persona no me ofreció un poco del suyo a cambio. De ahí quedaron los huecos.
Dar amor es arriesgar, pero a pesar del dolor que esas heridas me producen al haber quedado abiertas, me recuerdan que los sigo amando y alimentan la esperanza, que algún día, quizás, regresen y llenen el vacío que han dejado en mi corazón.
¿Comprendes ahora lo que es verdaderamente hermoso?
El joven permaneció en silencio, lágrimas corrían por sus mejillas. Se acercó al anciano, arrancó un trozo de su hermoso y joven corazón y se lo ofreció. El anciano lo recibió y lo colocó en su corazón, luego a su vez arrancó un trozo del suyo ya viejo y maltrecho y con él tapó la herida abierta del joven.
La pieza se amoldó, pero no a la perfección. Al no haber sido idénticos los trozos, se notaban los bordes.
El joven miró su corazón que ya no era perfecto, pero lucía mucho más hermoso que antes, porque el amor del anciano fluía en su interior.
Desde aquí puedo ver lo hermoso que es tu corazon ¡Que tengas un lindo día! !El más hermoso!
Recibe un pedazo de mi corazón mi querido amig@ y ayudame a hacer mas hermoso mi corazon...