Friday, December 16, 2011

LAS FLORES DE PASCUAS


Las flores de pascua no siempre han sido rojas. La leyenda refiere que en tiempos ya lejanos, las pascuas eran blancas. Una vez terminada la estación de las lluvias, el verano iba transformando la esmeralda de sus hojas en alburas de espuma, de nube, de vellón, de nieve y de inocencia...

Junto a los ranchos florecía la infinita blancura de las pascuas y los indios la ofrendaban a sus dioses como símbolo supremo de paz.
Pero vino la guerra, y con ella el incendio, el pillaje, la matanza, la carnicería. Densas columnas de humo se elevaron sobre las cúspides de nuestras más altas montanas, huyendo de la "fraternidad de los hombres"...

 
Cerca de las viviendas, a lo largo de todos los caminos, todas las veredas zigzagueantes de los cerros, la sangre corrió, a maneras de arroyos y de ríos desbordados.

La tierra absorbió piadosamente aquella sangre generosa y las raíces de las pascuas bebieron aquel torrente de vida sacrificado inútilmente. Y al llegar el primer verano, junto a los últimos restos de los ranchos semidesiertos y a la orilla de todos los senderos, en medio del asombro de los pocos sobrevivientes, las pascuas florecieron rojas, ensangrentadas...

La sangre florecía, las pascuas, más humanas que la humana especie, la ofrecían en cálices de purpura a los dioses tutelares...





Desde entonces, las flores de las pascuas dejaron de ser símbolo supremo de la paz, para convertirse en el símbolo supremo del sacrificio...

Lecturas nacionales de  El Salvador Autor Saul Flores
 

Friday, December 2, 2011

FRANCISCO HERRERA VELADO


Nacio en Izalco el 8 de enero de 1876
 Escribio en verso y prosa, donde reflejó las costumbres, tradiciones y hasta los vicios de los años 20, del siglo pasado. 

Poeta y cuentista, Herrera Velado es una referencia dentro de la corriente modernista en El Salvador. Sus escritos dieron un aporte valioso a la literatura al plasmar, con humor y una fina sátira, los hábitos sociales de su época.

Colaboró con la revista literaria La Quincena, dirigida por el poeta Vicente Acosta. “Escribió versos modernistas que aparecieron en el Repertorio del Diario del Salvador”, señala Luis Gallegos Valdés en su obra “Panorama de la literatura salvadoreña”.

Fue fuertemente influenciado por Rubén Darío y posteriormente por  (los guatemaltecos) José Batres Montúfar y José Milla, “Cien escritores salvadoreños”, de la Editorial Clásicos Roxsil.

Entre los libros publicados por Velado están “Fugitivas” en 1909; “Mentiras y verdades” (1923), “La torre del recuerdo” en 1926, y ese mismo año el libro de cuentos “Agua de coco”.

“Mentiras y verdades” refleja el costumbrismo y las creencias de los salvadoreños. La nota editorial de la edición de la Dirección de Publicaciones de 1977 señala que “la obra comprende quince historias versificadas, que el autor denomina «leyendas», para lograr una fina ridiculización de los afanes aristocráticos tan en boga en el país”. 
El poeta y escritor Francisco Herrera Velado (junto) con Salarrué son los dos grandes cuentistas del primer tercio del siglo XX. Ese mérito se lo da la obra “Agua de coco”, donde se desborda su ingenio, la ironía y el rescate de las tradiciones del occidente del país.

Eugenio Martínez Orantes llegó a considerar que el libro “Agua de coco” era “tal vez el primer libro de cuentos escrito en El Salvador, hablando en el sentido estricto de la palabra. Es decir, desde el punto de vista de la forma”.

Esto lo afirmó Martínez Orantes en su libro “32 escritores salvadoreños, de Francisco Gavidia a David Escobar Galindo”, en donde aclara y analiza que “antes de Herrera Velado ya habían intentado el cuento Francisco Gavidia, Arturo Ambrogi y José María Peralta Lagos. Y en su misma época Salarrué, quien los superó en la belleza expresiva, pero no en el aspecto formal.

Gavidia escribió pocos cuentos. La mayoría son relatos en los que sobresale la narración. Casi no hay diálogos. Los personajes hablan poco y no expresan plenamente sus sentimientos y deseos. Es decir —señaló Orantes— no viven. Quedan como fundidos en la narración. Lo mismo sucede con Ambrogi, quien se solaza en el paisaje.

Salarrué utiliza el diálogo, como pinceladas chispeantes, muy breves, de acuerdo al tamaño del relato. Es quien más se acerca al cuento y, en algunas oportunidades, lo alcanza.

La mayoría de los ‘Cuentos de barro’ no llegan a ser cuentos. Se quedan en estampas, en muestras, en apuntes, en viñetas folclóricas; de singular belleza, desde luego, escribió Orantes.

En ‘Agua de coco’, en cambio, casi todos los trabajos son auténticos cuentos... Y, todos ellos, están engalanados por la prosa chispeante de humorismo, que siempre hace reír, deje una lección o no”.
Herrera Velado murió en Izalco en 1966

Friday, November 4, 2011

Salarrué (1899-1975)



Salvador Efraín Salazar Arrué, conocido como Salarrué, nació en Sonsonate en 1899. Desde muy temprano comenzó a dar muestras de una gran sensibilidad humana y estética, que se volcó en diferentes disciplinas como la literatura, las artes plásticas y la reflexión espiritual. 

Como muchos jóvenes, Salarrué se trasladó a San Salvador con miras a encontrar las posibilidades de subsistencia económica que no tenía en su ciudad natal, dada su complicada situación familiar. En la capital del país, comenzó a publicar en periódicos, a estudiar por su cuenta literatura y artes plásticas, influido en buena parte por su primo, el caricaturista Toño Salazar. En 1916, obtiene una beca gubernamental para estudiar pintura en Corcoran School, una academia de artes situada en la capital de los Estados Unidos. 

Su primer libro fue la novela corta El Cristo negro , publicada en 1926. Al año siguiente, publicó la novela El señor de La Burbuja y en 1929, O' Yarkandal. Pero sus obras más conocidas son Cuentos de cipotes, de 1945, y Cuentos de barro . También publicó volúmenes de cuentos como Eso y más y La espada y otras narraciones; un poemario titulado Mundo nomasito, publicado por única vez hasta la fecha en 1975 y las novelas La sed de Sling Bader y Catleya Luna. Su literatura revela una riqueza de perspectivas humanas, que recupera la visión infantil en Cuentos de cipotes, el campo salvadoreño y su dramática existencia en Cuentos de barro y un acercamiento hacia una visión espiritual influida por las visiones de mundo orientales y la teosofía. 

Su obra pictórica fue expuesta en los Estados Unidos y en el país. Además, se desempeñó en algunos cargos gubernamentales, como la Dirección General de Bellas Artes y la dirección de la Galería Nacional de Arte, convertida hoy en la Sala Nacional de Exposiciones, ubicada en el Parque Cuscatlan de San Salvador. 

Salarrué, el tan querido Salarrué, falleció en 1975. No podemos menos que repetir, con cariño, las palabras que el poeta salvadoreño Roque Dalton escribiera con motivo de su septuagésimo cumpleaños: 

Dios lo bendiga y lo haga un santo don Salarrué 
chas gracias por sus dulces guáshpiras
por los tentuntazos de ternura
con que me ha somatado las arganillas del corazón...